Algo que aún no ocurre.

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Dos términos en confrontación o el mensaje es el mensajero. 

La revista Temas en su acostumbrado y esperado debate del Último Jueves se interesó por el asunto de la informatización y el secretismo de la actual sociedad cubana bajo el sugerente título de: Informatizar vs. secretizar.

En la introducción de la versión digital de la propia revista se lee:  “Derecho humano, bien público, condición esencial para una administración saludable; fueron estas algunas de las ideas compartidas en el espacio de debate de la revista Temas, Último Jueves, y que tuvo como hilo conductor la polémica Informatizar vs. Secretizar”.

El secretismo de una sociedad puede ser independiente del grado de su informatización.  Existen sociedades informatizadas donde no concurren las normas jurídicas, menos las prácticas sociales, culturales, económicas o políticas que propicien esa transparencia entre todos los sujetos sociales, no es de extrañar que el panel de Temas se auto titula, desde una extraña contraposición dialéctica e univocidad positivista con dos términos en clara contradicción en nuestra hermenéutica contemporánea: “Informatizar vs secretizar”.    

La panelista Marta Gloria Morales, Doctora en Ciencias Sociales, politóloga y profesora de la Universidad Autónoma de Querétaro de México, lo reconoce cuando expresó: “el tema de la informatización tiene que verse dentro del desarrollo tecnológico —que facilita una velocidad extraordinaria de información en todo el mundo—  como una nueva etapa del desarrollo capital y particularmente de la globalización”. Para después agregar. “el secretismo está en la medula del poder”. Entonces, ¿qué sucede cuando la columna vertebral que protege esa medula central del poder se deshace como consecuencia no del desarrollo tecnológico sino como facilitadora para que las acciones de cualquier ciudadano “digitalmente” conectado acceda a información, conocimiento, entretenimiento y destrezas para la comunicación? 

¿Es viable el secretismo en ese mundo globalmente interconectado?  Donde los ciudadanos digitales funcionan como agentes proactivos, creadores y generadores de información y contenidos, no simples consumidores. Las revoluciones en la distribución de información siempre han sido más allá de revoluciones tecnológicas que las sustentan revoluciones sociales.

No se puede entender el mundo de hoy sin la imprenta de Gutenberg instrumento tecnológico para la socialización del conocimiento y la fragmentación de los poderes que hasta ese entonces lo controlaban con fórmulas absolutistas. Algo similar ocurre con la globalización de las telecomunicaciones y su instrumentación a través de Internet hoy. Ambos, la imprenta de Gutenberg e Internet, la democratización del conocimiento y el debate de ideas han corroído la credibilidad de toda autoridad que se autoatribuye poderes monopolizadores para con la socialización o la manipulación de esa gigantesca ola de información. La historia muestra inequívocamente en los últimos 500 años como se ha fragmentado toda autoridad que intenta, como instrumento en la reproducción de ese poder, controlar la “información” desde la opacidad y el secretismo.  

Tampoco se podrá comprender el mundo dentro de 500 años sin esa capacidad donde cualquier ciudadano funcione socialmente como agente creador de información y contenidos, no el simple receptor. El mensaje se transforma en el mensajero. 

Las voces actuales que reclaman una mayor regularización de Internet  son aquellas que han quedado más expuestas a esa pérdida de autoridad:  los partidos políticos, las academias, los medios de comunicación y las instituciones  tradicionales (desde las religiosas organizadas a los organismos macro-nacionales), incluso los propios instrumentos o herramientas de esa interconectividad digital sean Google o Facebook.

Datos y contenidos desregularizados circulan en una esfera pública global que no reconoce fronteras geográficas, políticas o ideológicas y favorecen esa fragmentación en la urdimbre social pero también en los profundos ámbitos de lo individual humano, en su psicología, en sus emociones y en su socialización 

La desconfianza en la “autoridad” de ese “poder” 

Ello no es un fenómeno nuevo en occidente. Ocurrió con la “democratización y la globalización” favorecida por Gutenberg, el Renacimiento, la Reforma… Ocurre ahora a escala global con el desarrollo de la informatización, entendiéndose esta como la conectividad voluntaria entre redes con la capacidad para comunicarse entre ellas sin restricciones.

El resto de los panelistas participante en Informatizar vs. Secretizar,  sujetos a las especificidades propias de la realidad cubana actual pasan por alto encontrar una respuesta coherente a la idea sugerida por la profesora mexicana…¿Es viable el secretismo en un mundo globalmente interconectado? 

En la era de la postverdad y WikiLeaks, se hacen obsoletas por impracticables creer que las normas jurídicas locales son una panacea. Assange/Manning, entre otras docenas de activistas, permiten hacer públicos los archivos que los oficialismos no desean publicar.  El poder siempre tiene como meta silenciar, censurar. 

Cuanto mayor es el impulso para intentar que la informatización, entendida como el acceso a las redes globales, cumpla con las normativas de un Estado con el objetivo de mantener un cierto sentido de control sobre la información más se aleja de los principios de resilencia de la propia conectividad global en su aspiración de pluralidad, libertad de expresión, información y publicación. El esfuerzo reciente de proponer un proceso regulatorio a esa interconectividad puede facilitarle los incentivos erróneos a los reguladores para que finalmente sustenten la necesidad del secretismo, mediante una red fracturada y poca capacidad para que sus usuarios encuentren vías factibles de solución a lo que aún no ocurre en la realidad.  

De acuerdo con Martha Ferriol, Directora General del Archivo Nacional de la República de Cuba; “en esta nueva realidad, con un ambiente digital, toda esa información que se genera se supone debería tener un uso más abierto y ponerla a disposición de terceros; algo que aún no ocurre. Los sistemas institucionales no se han consolidado, y ello representa un obstáculo para que esa administración pública pueda hacer uso más abierto de la información que se genera en las instituciones”. 

Con estas palabras, con esa sensación de algo que no sucede, esa visión de lo efímero que aún no se ha consolidado, ese obstáculo poco definido casi intangible concluye el debate de Temas, “algo que aún no ocurre”.

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La Crisis de la Autoridad. 

Algunas de las respuestas a ese “algo que aún no ocurre” se esbozan en la publicación “Letras Libres” bajo el título de “La Crisis de la Autoridad”. 

No se puede entender la equivocidad entre “informatización” o la “secretizacion” a inicios del siglo XXI sin estar atentos al  desenlace del caso Julian Assange o las voces que reclaman la “fractura” de gigantes digitales como Facebook. Sin comprender el polémico marco interpretativo propuesto por Martin Gurri en su ensayo: “The revolt of the public and the crisis of authority in the new millennium”. Una de las ideas centrales del libro es explicar la relación entre: información-autoridad-poder.

Las conclusiones de Gurri parecen ser que: “cuanta más información tenemos menos autoridad tiene la gente que solía controlarla mediante el ejercicio del poder”. 

Para intentar encontrar el factor clave del corrimiento hacia la fragmentación y el descredito de las autoridades, Gurri explica: “Durante ciento cincuenta años esto funcionó, porque las instituciones tenían esencialmente un semimonopolio, el control de la información, sobre sus propios dominios. Controlaban la historia que se contaba sobre ellos. Si había fracasos, y siempre los hay, encontrabas a alguien a quien culpar por ese fracaso. Pero el sistema siempre funcionaba. Sacrificabas al individuo, pero el sistema siempre funcionaba”.

Ese funcionamiento monopolista es lo que precisamente desafía ese indetenible y constante ruido de fondo. Esa cacofonía ilimitada de voces individuales, sociales y universales que se desplazan por la red. La globalización de las comunicaciones tiene un efecto cualitativo devastador al exhibir públicamente cuando y cuanto los “sistemas” dejan de funcionar. Los sistemas paradigmáticos del siglo XXI: desde Washington hasta Beijing, desde Seúl a Caracas.  La percepción pública de desmoronamiento de todas aquellas instituciones que ostentaban el control de la información es cuantificable en tiempo real y en esa caída silenciosa el público comprueba su propia disgregación como individuos y ciudadanos. 

Instituciones incapaces de reaccionar cuando su autoridad se diluye frente a esa masa crítica de ciudadanos “informatizados” que desde lo “virtual” a lo “real” muestran esa falta de confianza o de credibilidad; y, entre otras demandas, exigen mayor transparencia…

Ahora se escuchan voces airadas y burlonas donde hace veinte años solo había narración oficial o silencio absoluto contra todo aquello “que aún no ocurre”. Nos explica Martin Gurri en la entrevista concedida a “Letras Libres”: 

En muchas zonas geográficas nunca se escuchaba algo que no fuera una institución oficial. De repente oías a mucha gente. Esa era probablemente la primera advertencia de ese público. Después, ya sabes, destruir los partidos políticos, derrocar a dictadores y por supuesto elegir a algunos líderes populistas. Lo que aprendí, para mi gran sorpresa, es que la información es corrosiva para la autoridad. Una vez que todas las voces están ahí fuera, todas las instituciones pierden lo que podríamos llamar la propiedad sobre el dominio de la información, la confianza pública se evapora y las instituciones entran en crisis. Por tanto, hablo de una crisis de autoridad. Yo escribí el libro porque estaba preocupado por la democracia liberal. Pero no importa qué tipo de gobierno tengas, afecta a regímenes muy distintos. Lo que se cuestiona es el gobierno moderno tal como se ha organizado en el último siglo, más o menos. Es una hemorragia de autoridad. No solo el gobierno, también los medios la sufren. Muy poca gente en Estados Unidos cree en ellos. No he visto encuestas de otros países, pero apostaría a que son parecidas. La confianza en el gobierno y en los medios está entre el 20 y el 30%. Lo mismo se puede decir del mundo de los negocios. Los bancos, por ejemplo. Y lo mismo puede decirse del establishment científico. Hay todo tipo de gente que tiene todo tipo de teorías locas sobre vacunas y no vacunas y todo eso. Ha habido un colapso de la confianza en las instituciones”.

Para finalmente definir esa sensación de inmovilidad: 

“Un torbellino de información que captura todo error en cada institución. Son instituciones muy capaces. Hay cosas que hacen muy bien. Hay cosas que hacen muy mal. Y hay cosas que dicen que hacen y no hacen. El gobierno no tiene ni idea de cómo resolver el problema del paro o de la desigualdad. Antes estaba todo en silencio. Ahora hay un estallido de voces, el fracaso es lo que establece la agenda y ahí es donde estamos”. 

Y, realmente… ¿dónde estamos?

No puedo ser tan optimista como los panelistas de “Temas” y esperar que estemos en “una nueva etapa del desarrollo capital y particularmente de la globalización”. Hoy estamos en la previsible y progresiva desmitificación de la idea del infinito progreso ascendente o el fin de la historia a favor de cualquier de los “ismos” de preferencia. Verificamos la pérdida de credibilidad y autoridad de todas aquellas instituciones que como oráculos de Delfos hacían creer al “público” que podían no solo predecir el futuro si no ajustar el presente a ese futuro promisorio. 

Nos percatamos que toda esa información que distribuimos de buena gana por la red no es sólo ruido de conversación intrascendente: son signos que permiten establecer correlaciones estadísticas muy significativas. Excepto unos pocos visionarios se pudo imaginar que Internet llegaría a ser una fuente de información de tal magnitud. Cuantificadora de la naturaleza humana: desde el consumo de bienes y servicios, elecciones ideológicas o electorales, hasta metapsicológicas y ontológicas. Por ejemplo, el motor de búsqueda Google, de hecho, es el más poderoso contenedor de datos sociológicos del mundo. 

La crisis financiera del 2008 fue el punto crítico de ruptura para desterrar toda idea de univocidad positivista del imaginario social al combinar crisis económica con el despliegue de las redes sociales y el crecimiento exponencial de la Internet. Ahora expertos e sus instituciones son observados como parte del problema y no de la solución; desde lo virtual a lo real se desató el descontento, la indignación o la frustración de los nuevos nativos digitales en forma de la Primavera Árabe, el 15-M, Occupy Wall Street, WikiLeaks, los Chalecos Amarillos, o en su defecto los que se refugian en los “realty shows” o las militancias extremas. Resultado la fragmentación social y la extensión de un clima de desconfianza, de postverdad consciente y manipulación descontrolada.    

La presente revolución tecnológica con su avalancha de contenidos e información regresa a lo que José Ortega y Gasset describe en: “La España invertebrada”. Una sociedad que pierde su verticalidad, la medula del poder y el control de la narrativa oficial. Ahora sus vértices son intangibles y globales, ceros y unos que se desplazan a través de la fibra óptica, en un proceso continuo de desintegración desde el vértice hacia el centro. Sociedades sin centralidad, con la desintegración de sus elites políticas, económicas y culturales. 

Asumir falazmente que la infraestructura per se puede propiciar o frenar los problemas de transparencia u opacidad de una sociedad o favorecer la condición esencial para una administración saludable es propio de todas aquellas culturas que asimilan tardíamente procesos tecnológicamente avanzados.   

El verdadero desafío de Internet está en el extremo voluntarismo político de anteponer despliegue de infraestructura antes que reconocer que la regulación se debe enfocar en:

  • control del comportamiento monopolista de sus principales agentes ya sean proveedores de servicios, o de contenidos,
  • el control y la privacidad de los datos personales,
  • la ciberseguridad de todas las transacciones digitales
  • la moderación de contenidos ofensivos a la dignidad de la persona humana como ocurre con la pornografía infantil o los mensajes violetos que promueven el racismo y la xenofobia, 
  • control y la prohibición de la vigilancia masiva a los ciudadanos.
  • facilitar más transparencia, 

El debate objetivo debe finalmente reconocer que esas capas de comportamiento no están disponibles en la infraestructura, más o menos bajo el control de los Estados nacionales, si no en las capas de acceso a los contenidos que hoy por primera vez en la historia humana son factores globales gracias a la ubicuidad de la web, no sujetas a legislaciones locales. WikiLeaks puede estar hospedada en ochenta sitios “espejos” en ochenta dominios diferentes lo que la hacen prácticamente inamovible de la “web”. Internet Archive mantiene copias resguardadas de sitios que hace más de una década no se encuentran disponibles en línea, conviertiendo la censura de un sitio o un documento, algo cuasi imposible.

Esa nueva realidad asimétrica e invertebrada impone por igual una nueva configuración para todas esas elites que se encuentran desprovistas de credibilidad y del control absoluto sobre la información desde hace quinientos años, con Gutenberg, o medio siglo, con internet, de estas ausencias emergerán nuevas elites que el público “on line” y “off line” perciba como las que mayor atención prestan a los desafíos globales o a las expectativas de cumplimiento de sus derechos humanos fundamentales y no de las instituciones que simplemente obedecen; o a las que la sociedad en red perciba no esté a la altura para hacer frente a todo aquello que vagamente los archivistas reconocen como… algo que aún no ocurre”

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