El capitalismo de la vigilancia: caníbales de la experiencia y de la identidad

Acabo de conluir la lectura de El capitalismo de vigilancia  («The Age of surveillance capitalism»la autora,  profesora emérita de la escuela de negocios de Harvard, Shoshana Zuboff, plantea en sus 700 paginas que en cierta forma vivimos en un mundo dividido entre la alta oligarquía digital y los usuarios, los vigilantes y los vigilados, una era pre-capitalista o post – capitalista. 

Los primeros; son un puñado de multimillonarios que deben sus fortunas a internet, la computación y las comunicaciones; los segundos,  somos el resto de mujeres, hombres, niñas y niños del planeta que usamos los recursos digitales, al margen de la necesidad o el deseo que nos lleva a ellos.

El capitalimso de la vigilancia difiere en muchas formas del capitalismo anterior, pero esencialmente en el hecho de que ofrece un giro macabro: «apropiarse de la experiencia humana privada y convertirla en información para el mercado, que será reciclada como datos de comportamiento, material crudo que es empleado en procesos y cadenas que capturan esta información de todos los aspectos de la vida».

Creímos que buscábamos el universo con Google, cuando lo que en realidad sucedía era que Google buscaba en nosotros para conformar su universo. Mientras nosotros imaginamos que sus servicios son gratuitos, ellos saben que nosotros somos gratuitos. Lo que realmente cuenta para esta lógica capitalista es tener al usuario constante y universalmente distraído e involucrado, ya sea con redes sociales o bien con el termostato de su casa, sus aplicaciones de citas románticas o sexuales, su GPS y los accesorios de su auto.

Lo que se ha dado en llamar el internet de las cosas es una gran red para recoger información de nuestras vidas, la cual acumulan y suman a bases de datos masivas para ser analizada y extrapolada.

Zuboff afirma que todo dispositivo que se anuncia como smart o inteligente, desde Alexa hasta los dispositivos que registran nuestras actividades físicas, es en realidad una interfaz de una cadena de suministro de datos para el capitalismo de vigilancia. Un ejemplo ideal de cómo operan estos sistemas es el juego de realidad aumentada Pokemon Go!, que entreteje un juego en línea con actividades en el mundo material, y no sólo acopia información del usuario sino que lo hace ir físicamente a lugares para beneficiar a socios comerciales.

Google y las demás empresas han logrado enriquecerse al establecer una relación social de espejo unidireccional, al crear una ilusión de consentimiento (en esencia, un fraude que consiste en hacer que el consumidor acepte un contrato de términos de uso en gran medida incomprensible) y bombardearnos con tecnologías opacas y engañosas.

Esto ha dado lugar a un nuevo eje de desigualdad social, una asimetría con la que sin duda controlarán el mundo virtual y eventualmente todo lo demás en el siglo XXI:

“Ellos saben todo de nosotros, nosotros no sabemos nada de ellos, ni siquiera sabemos tanto de nosotros mismos como ellos”, apunta Zuboff.

Y el conocimiento que tienen de nosotros no es usado en nuestro beneficio, sino para intentar influenciar y/o modificar el comportamiento. Lo que inicialmente es una manipulación de sujetos y grupos humanos, se transforma en control a escala poblacional, lo cual representa un valor político incalculable. Zuboff llama economías de acción a estos sistemas que pueden intervenir y modificar comportamientos masivos.

Fue en 1971 que el sicólogo B. F. Skinner publicó Beyond Freedom and Dignity, tratado con el que llamó la atención por los riesgos de un futuro en el cual la modificación y la reorientación conductual permitirían alcanzar resultados predeterminados y donde una conformidad colectiva podría reemplazar a la libertad individual.


Google y Facebook son expresión evidente de la amplia disposición de los humanos por sacrificar su privacidad a cambio de la navegación y el acceso digital a información y contactos. Que por ello el comportamiento humano pueda finalmente ser modelado y controlado permitiría sustituir el ideal de una sociedad democrática y participativa por el de una con certeza algorítmica. El capitalismo de la vigilancia podría eliminar así la libertad de los mercados. El sistema de crédito social en China constituiría un buen ejemplo en tal sentido.

El capitalismo democrático puede sufrir una peligrosa mutación hacia otro proyecto ético-político, que conlleve una forma disfrazada de gobernabilidad algorítmica. Para la autora, surgen temas sensibles de dignidad porque el sistema usa a las personas como conejillos de indias a ser medidos, investigados, analizados y hasta alterados inconscientemente en función de intereses de terceros. Es natural, de otro lado, que las empresas digitales líderes se resistan a cualquier regulación o transparencia argumentando la complejidad de su tecnología.


Ni anticapitalista ni contraria a los principios de mercado, Zuboff se pregunta qué interacción y ajustes podrá requerir esta traumática evolución que podría resultar muy tóxica en su expresión más cruda. De la lectura del sesudo libro es obvio que la revolución digital no solo viene modificando la lógica de la acumulación, sino también los parámetros de la colaboración, abriendo también nuevas formas de participación, lo que puede conducir a expresiones de resistencia y cambio político.

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